“No estés triste´´

 

La tristeza es esa emoción que suele surgir ante la pérdida de algún ser, objeto u objetivo importante para nosotros y que podemos sentir tanto a nivel físico como psicológico. Cuando estamos tristes, la energía está bajo mínimos, nos trastoca los horarios de sueño, los hábitos alimenticios, cambia nuestro aspecto, nuestra postura y hasta nuestro rostro se ve diferente.
Todas las personas en algún momento de nuestras vidas, vamos a estar sumergidas en la tristeza pues, como se refleja en la divertida película de Disney ‘Inside out’, está dentro de nosotros y tiene derecho a funcionar, al igual que sus compañeros alegría, asco o ira.
¿Y qué pasa cuando la tristeza aparece? Pues seguramente que una gran parte de tu círculo social te va a decir que no lo sientas. ¡Por Dios, no estés triste! ¡Qué desagradable! Y es normal, ver a alguien pasándolo mal es doloroso, sobre todo si es alguien por quién sientes afecto, por lo que sientes la necesidad de ‘’quitar’’ esa pena, para evitar tu propio sufrimiento, sin ser demasiado conscientes de que la única forma de que la tristeza se vaya es, precisamente, si la dejamos estar. Por esta razón, en un gran número de ocasiones en la que alguien nos comunica que lo está pasando mal vamos a soltarle enormes pedradas como estas:
-¡No llores!
-No estés triste, la vida es muy bonita.
-Eres demasiado joven para estar triste.
-Si no te falta de nada, ¿por qué estás tan triste?
-Tienes que alegrarte.
-Tienes que luchar y ser feliz.
-Tienes que sonreír todos los días.

Y más imperativos del estilo que (ahora pensemos un poco) ¿Alguna vez en nuestras propias experiencias de tristeza nos han servido de algo? ¿Acaso si estoy triste porque he perdido a mi padre, mi trabajo o mi pareja voy a dejar de estarlo solo porque alguien me lo pida? ¿Acaso tengo alguna obligación de estar feliz? A esto último yo contestaría con un contundente NO. Me considero una fiel defensora de las llamadas ‘’emociones negativas’’ y veo necesariamente urgente que la sociedad aprenda a aceptarlas como parte de nosotros de cara, precisamente, a evitar trastornos como la depresión mayor, los trastornos de ansiedad o los duelos patológicos.
Aceptar, significa procesar, sentir y finalmente, liberar. Pensamos que si evitamos el malestar con medidas como negarla, reprimirla, beber, fumar, drogarnos, promiscuidad u otros tipos de conductas dirigidas a eludir la tristeza, esta simplemente desaparecerá, cuando esto no es así. Al contrario, vivirá muy al fondo de nosotros y seguirá creciendo hasta transformase en un circuito descontrolado de ira, violencia, depresión, ansiedad, etcétera.
Por tanto, cuando la tristeza aparezca lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos, es invitarla a quedarse todo el tiempo que necesite, abrazarla y permitirle estar presente, hasta que llega un momento en que ella misma descubre que ya no tiene nada más que hacer contigo, y entonces se va y se despide hasta la próxima vez que la necesitemos
¿Y cómo hacemos eso? ¿Cómo abrazamos la tristeza? Me gustaría dejarte aquí las siguientes sugerencias como respuestas a esas preguntas:

1. Llora, llora mucho. Llorar es sanísimo para el alma y te limpia por dentro.
2. Abrázate, abraza y déjate abrazar.
3. Habla de lo que sientes con alguien en quien confíes o con un profesional, no te reprimas, si te quieren (o es un buen profesional), estará dispuesto/a escuchar todo lo que necesites contar.
4. La culpabilidad o la vergüenza son emociones igualmente aceptables, pero no permitas que estas ahoguen tu tristeza y no la dejen salir.
5.A muchas personas les cuesta mostrarse tristes por el temor a parecer ‘débiles’, pero afrontar el malestar no podría considerarse en ningún caso, una señal de debilidad.
6. Mímate y agradécete por permitirte estar triste.

Por otro lado, ¿Cómo debemos actuar cuando alguien de nuestro alrededor se siente mal? De nuevo me gustaría contestar con las siguientes propuestas:

1. Escucha. No interrumpas, deja que hable. Y si no habla, simplemente con estar ahí, física o simbólicamente, puede ser suficiente.
2. No presiones. A muchas personas les cuesta expresar su dolor. Dale tiempo, recuérdale que cuando quiera hablar, estarás dispuesto/a a escucharle.
3. No le juzgues. Cada persona tiene un umbral de dolor diferente. Lo que para ti puede ser un simple imprevisto, para otra persona puede ser una verdadera desgracia.
4. No aconsejes. Olvida los ‘deberías’ o los ‘tienes que’. No es el momento de lecciones, sólo de apoyar.
5. Deja que llore. Ofrécele un pañuelo o tu hombro, pero no trates de cortar sus lágrimas. Necesita llorar.
6. Ofrece un gran abrazo y recuérdale que no está solo/a.

 

Autora del artículo: Ana Guerrero Ocaña

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